experiencias04Un interesante aporte para la comprensión de los procesos dinámicos que se desarrollan en el transcurso de la Psicoterapia Grupal.

La terapia Gestalt, dentro de la tradición de Perls, Goodman, Isadore Fromm y sus seguidores, se apoya sobre una teoría que podríamos resumir bajo el término: “teoría del self”. Esta teoría nos proporciona un marco y una metodología que nos permite entender y estructurar una intervención cuya principal base es la interacción organismo/medio ambiente. También favorece la búsqueda de algún tipo de ajuste que favorezca la evolución tanto de uno como del otro.
Si se considera al self como la dinámica que existe en el campo organismo/medio, que es lo que conduce al ajuste creativo, podemos entonces pensar que no se trata sólo del organismo/medio ambiente singular, sino de un campo tan complejo como lo es el grupo en su pluralidad. Se trata del lugar donde se dé el encuentro de varios organismos, cada uno de los cuales representa, a su vez, el medio ambiente para cada uno de los demás. ¿Cómo es posible que consideremos, entonces, a ese concepto sólo en singular? ¿Por qué no pensar también en “organismos/medios ambientes”?
Esto nos conduce a una serie de preguntas:
¿Existe un self grupal? En caso de que sí, ¿cómo podríamos hablar de ello?
En caso de que no, ¿qué decir? Este concepto, ¿tendría sentido sólo al referirnos a un organismo singular dentro de un medio singular, aun cuando esté dentro de un contexto grupal?
La teoría del self sería entonces sólo una abstracción, un conjunto de conceptos que nos servirían para reportar una serie de fenómenos o como guía de un método pedagógico para la enseñanza de un cierto tipo de psicoterapia. ¿Tiene, entonces, esta teoría algún interés para la comprensión y el manejo de un grupo?
¿Es el self tan sólo una teoría explicativa o es mucho más?

Del conjunto al grupo
Grande es la complejidad cuando se habla de un grupo. ¿A partir de cuándo o de qué podemos hablar de un grupo? )Utilizaré como ejemplo lo que dije en la conferencia que ha dado origen a este texto.
En este momento somos un cierto número de individuos reunidos alrededor de un interés común: la psicoterapia de grupo desde un punto de vista gestáltico. ¿Somos un grupo? No lo creo. Somos, primero que nada, un conjunto de individuos que aparentemente tienen un interés en común. Desde un punto de vista psicosociológico, este conjunto conforma un campo complejo compuesto por varios campos parciales (…) que se van entrelazando unos con otros para crear una gran complejidad. Sin embargo, todavía no estamos en un grupo.
A medida que pasamos tiempo juntos, cada individuo, a partir de lo que es; de sus reacciones personales explícitas o implícitas, conscientes y no conscientes, da su aportación para la elaboración del campo global y, a la inversa, este campo va a influir a su vez en cada persona. Así, estamos constantemente pasando de lo uno a lo otro. Así, cada quien es a la vez organismo y medio ambiente. Estamos probablemente reuniendo las premisas que podrían hacer que nuestro conjunto evolucione hasta convertirse en un grupo.
Podríamos imaginar que un cierto número de los individuos aquí presentes decidan, al final de esta conferencia, comprometerse conmigo en un proceso terapéutico. Así, pasaríamos progresivamente del conjunto al grupo.
Un grupo de psicoterapia se define por el hecho de que varios individuos se reúnen para una tarea determinada dentro de un marco definido. Esta tarea consiste en identificar la manera en que funciona cada uno; en ubicar dentro del aquí y el ahora del grupo los elementos recurrentes  de la historia pasada de los individuos y crear un contexto donde cada uno pueda comprometerse en la vía de la transformación, usando al grupo como medio para el darse cuenta, como apoyo y como un lugar donde realizar nuevos experimentos.
Según la mayoría de los conceptos de la tradición psicológica occidental, para que se dé un “grupo de psicoterapia” deben reunirse varias condiciones:
Debe tratarse de un conjunto de individuos.
Éstos están concentrados en una tarea común: la transformación.
Están ubicados dentro de un marco coherente con una metodología y una teoría.
Se forman alrededor de una o varias personas que tienen el “status” de psicoterapeutas.
Para poder hablar del self  en un sentido gestáltico, hay por lo menos dos requisitos indispensables:
El encuentro organismo/medio ambiente. Podemos percibir a un grupo como el encuentro de varios organismos donde unos actúan para los otros individualmente, y en subgrupos más o menos grandes, el papel del medio ambiente. Cada persona es a la vez un organismo individual y un medio ambiente para el otro. Es a la vez singular y social. Tal vez no estudiamos lo suficiente la complejidad que representa el hecho de que el individuo sea a la vez organismo y medio ambiente, dependiendo del ángulo bajo el cual se ubique, y que pueda estar ubicado simultáneamente dentro de las dos polaridades. La situación grupal se encarga de recordárnoslo.
La creación de un campo. Este segundo requisito se desprende naturalmente del primero. Postulamos que el encuentro de varias personas crea una globalidad, un sistema, un energético “campo” magnético de relación e interacción. Examinemos, entonces, lo que sucede dentro del campo de una manera global, y a los fenómenos del campo y de la frontera de contacto al interior del campo, entre los individuos.

El fondo grupal
A partir del encuentro y de la combinación de estos diferentes elementos se va a tejer la trama de lo que podríamos llamar el fondo grupal. En la terapia Gestalt suponemos que el proceso terapéutico va a ser posible a partir del momento en que una figura emerja del fondo, tome una forma definida y genere un trabajo que ponga en movimiento a las gestalts atoradas. Sin embargo, para poder hablar de una figura clara que emerge de un campo grupal y en el campo de la conciencia, debemos presuponer la existencia de un fondo. Los conceptos de figura y fondo son inseparables. Desde mi punto de vista, el concepto de fondo aún no ha sido muy desarrollado en la terapia Gestalt. (…)

La emocionalidad grupal como elemento del fondo grupal.
El concepto de fondo contiene entonces estos diferentes elementos: la historia personal, la historia familiar, la historia corporal como sitio de inscripción de las dos anteriores,  donde el cuerpo y sus reacciones conforman un modelo elaborado a partir del encuentro de todas estas historias. Desde un punto de vista gestáltico, la historia podría quedarse en un nivel anecdótico si no vuelve a presentarse en el aquí y el ahora del espacio terapéutico a través de sus mecanismos existenciales y de relación. Este famoso “fondo grupal” podría considerarse como una composta a partir de la cual crecerán las “formas” significativas, es decir nuestra manera de hacer o de ser, de comunicar o de protegernos, que provienen de nuestra historia pasada. El fondo contiene la repetición e impulsa en primer plano los mecanismos antiguos, improntas de los eventos históricos que el paciente relata en la terapia. Aquí el grupo terapéutico representa un contexto ideal  – por la multiplicidad de acciones que permite –  para que emerja el aquí y el ahora de los elementos que han desaparecido en el fondo y que no fueron lo suficientemente masticados y desestructurados como para ser asimilados. Recordemos que estos elementos general en la vida cotidiana lo que llamamos los síntomas y las ansiedades existenciales.
Intentemos definir un poco mejor este asunto del fondo, y del fondo grupal en particular. ¿Qué sucede cuando un cierto número de individuos se reúne para una tarea a la que llamamos psicoterapia de grupo?
Para empezar, y como lo mencionamos anteriormente, en un principio no se puede hablar de un grupo; cuando mucho, se trata de un conjunto de individuos. Podemos hablar de un grupo a partir del momento en el que se da el fenómeno que los psicosociólogos llaman “cohesión”.
Retomemos el ejemplo de la conferencia. Un cierto número de individuos, casi todos desconocidos entre sí, se reúnen alrededor de un tema y de una persona que va a dar una presentación sobre este mismo tema. Se trata, sin duda, de individuos con un interés en común, Sin embargo, esto no es suficiente para hablar de un grupo, y mucho menos de cohesión.
Cuando hablamos de cohesión estamos haciendo referencia a algo que va a unir a los individuos, como una especie de pegamento. Este vínculo, este cemento, no está favorecido por algún suceso externo: por ejemplo, la conferencia del Sr. X tal día, en tal lugar, a tal hora. Se va a construir, más bien, a partir de las reacciones emocionales interiores de los individuos que componen a este conjunto. Después de la conferencia cada uno regresa a su casa y no habrá habido realmente un grupo, aun cuando los individuos hayan vibrado emocionalmente al momento de estar juntos.
A partir de esta conferencia y de los encuentros que puede suscitar, sin embargo, podría nacer un grupo de investigación o de terapia. Lo que constituiría un grupo, entonces, sería el entendimiento mutuo alrededor de una tarea en común y un modo predeterminado de funcionamiento. Cuando hablamos de cohesión de grupo estamos haciendo referencia a un interés y una vivencia internas más o menos comunes que vinculan a los individuos entre sí. A partir de esta vivencia pueden surgir reacciones, interacciones, intercambios verbales y/o emocionales, etc. Hay algo que trabaja subterráneamente dentro de los individuos y que circula de un individuo a otro.
(Según) Bion, (…) a partir del momento en que los individuos están reunidos para trabajar en una tarea en común, se van a observar fenómenos de atracción y de repulsión. Concretamente, las reacciones emocionales son instantáneas, múltiples y complejas en el momento mismo en que varios individuos están reunidos. Inmediatamente se movilizan reacciones muy instintivas alrededor del amor y del odio, de la aceptación y del rechazo, de la fusión y de la autonomía, y un gran temor ante el riesgo de relacionarse con el otro. Estamos ante movimientos emocionales muy fuertes que se desenvuelven en el primer momento, en lo no dicho, o en lo que está dicho con gran cautela y que provoca a menudo una reacción defensiva.
Se trata de fenómenos emocionales muy intensos que actúan a la sombra de cada quien y, a menudo, en la no conciencia. Sin embargo, a través de la no consciencia, se transmite, se siente, se toca al otro, y otros, se le da un tono al grupo y estados de ánimo a cada individuo. Ya estamos en el génesis de la vida afectiva de un grupo. En terapia Gestalt se diría que los estados emocionales individuales se reúnen y forman una “función ello” grupal. En el grupo uno se mueve, se remueve, se resiente, se sufre, se resiste. Este “ello” que circula del uno al otro se vuelve el vínculo, el cemento, la base de la cohesión grupal. Los afectos pueden ser muy diferentes unos de otros, e incluso contradictorios. Lo que forma el vínculo en primer lugar es la presencia de afectos y su movimiento entre los individuos, aun antes de un probable afecto en común. Más adelante la cohesión puede consolidarse alrededor de analogías de afectos, cuando los individuos entran en resonancia unos con otros a partir de las analogías históricas.
Es mi hipótesis que estos fenómenos de atracción y repulsión forman parte de los constituyentes del ello grupal. En efecto, en los grupos se observa que se crea una carga emocional a la vez individual y grupal.
En un primer momento esta carga emocional está presente más en lo no dicho que en lo dicho. Como no es verdaderamente consciente, no es reconocida, se la pone a distancia e incluso se la niega. Esto se traduce en un grupo con reflexiones como: “Me siento bien”, “No me siento muy bien”, “No tengo mucho qué decir”, “Me pregunto para qué estoy aquí, si se está tan bien afuera…” Se traduce también en un lenguaje corporal bastante específico: miradas y rostros volteados hacia el piso; rostros poco expresivos; actitudes corporales de retención.
Esta es una carga emocional retroflectada. En efecto, en ella subyacen angustias y miedos. En un grupo de terapia Gestalt la angustia es la del cambio en el contacto. Quien dice contacto está hablando del reconocimiento de una necesidad individual, del medio ambiente y del otro, así como de una confrontación con el otro para poder satisfacer su necesidad o asumir la carencia. En una situación de laboratorio como la de grupo, no hay escape. A veces se oye la expresión: “Me toca pasar”.
La angustia es también encontrarse con rupturas en el proceso de contacto y, sobre todo, las heridas que estas rupturas tratan de tapar, de esconder. El termómetro sube muy rápido, el contexto es propicio para intensificar rápidamente una angustia hasta ese momento latente. Eso explica la fiebre que se siente en los grupos en cierta etapa de su historia.
Esta angustia que es común a todos los miembros del grupo  – incluyendo al terapeuta -, sea o no reconocida, constituye tal vez el elemento más fundamental para soldar un grupo y para darle cohesión.
(…)El nacimiento de la función del ello grupal atraviesa momentos de emocionalidad difusos, confusos. Se siente que algo sucede, uno tiene esa intuición, pero aún no se le puede nombrar. No tiene forma. Cuando mucho se percibe como una especie de hervor leve y a veces intenso.
Paradójicamente, esta no-forma, este hervor cuyas manifestaciones se encuentran en lo difuso y lo confuso, es lo que servirá de vínculo entre los individuos. Esto es lo que constituye “el fondo dado que se disuelve en posibilidades cuyas excitaciones orgánicas, situaciones pasadas inconclusas que emergen en la consciencia, el medio ambiente vagamente percibido y los sentimientos rudimentarios que relacionan al organismo con el medio ambiente” (P.H.G., pág. 185).
“El fondo dado que se disuelve en posibilidades”… Para que aparezcan y se desarrollen las posibilidades se necesita de un fondo. Es nuestra hipótesis que el encuentro de las funciones ello de los individuos va a constituir este fondo grupal, y uno de los elementos básicos de este fondo se percibe a través de la emocionalidad de los individuos en el grupo, que va a alimentar una emocionalidad grupal que va a constituir el “fondo dado”.
Aquí es dónde el self comienza su obra de agente integrador, a través del componente fisiológico y emocional de los individuos, y a través de las primicias de la relación contenida en este nivel emocional primario.
El proceso comienza aquí, en la no-forma, en la búsqueda de un boceto en los primeros pasos de la existencia. Se trata de este estado más o menos diferenciado y caótico a partir del cual todo es posible. Hay “grupos” que no son realmente grupos a pesar de sus apariencias y que son una suma de individuos sin coordinación. Se necesita a veces de un largo trabajo de pre-contacto para encontrar esta emocionalidad grupal que puede ser un elemento importancia en la alianza terapéutica.
La trampa sería suponer que existe porque uno u otro participante explota de vez en cuando o porque el terapeuta propone “ejercicios” que, según él, podrían favorecer la expresión emocional. Esta acción podría tener una función defensiva.
El uso de “ejercicios” de comunicación en pequeños grupos, o de trabajo corporal en subgrupos, me parece cada vez más dudoso al inicio de la historia de un grupo. Si se empieza a dividir lo que todavía no existe y que se está buscando, existe el riesgo de sabotear la constitución del fondo indispensable para el surgimiento de formas justas que no sean simples reacciones.
Se tratará, a lo largo del proceso terapéutico, de reconocer el “magma” grupal para que le siga el vínculo y luego el esbozo de la relación para conducir finalmente al nacimiento del Uno, luego del Yo, luego del Tú hasta lograr el ajuste creativo a través del cual se pueda fabricar un Nosotros.

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Devenir de la emocionalidad grupal

• La proyección: fenómeno paradójico de protección y de vínculo
Para desarrollar este concepto del devenir de la emocionalidad grupal, vamos a empezar por evocar ciertos mecanismos que constituyen lo social y daremos dos ejemplos clínicos a partir de un fenómeno clásico descrito desde hace mucho tiempo por los psicólogos interesados en la dinámica de grupos: las reglas implícitas en un grupo.
Si hacemos referencia al modelo de Bion, la angustia es la base misma de esta emocionalidad grupal. Es la angustia del encuentro, ya sea la repulsión o la atracción, que suscita el otro en uno mismo.
Desde el punto de vista de la Gestalt, esta angustia aparece en el momento en que el reconocimiento de una necesidad por parte de un animal humano llama al reconocimiento del medio ambiente humano como paso esencial para la satisfacción de esa necesidad. Aparece entonces un momento clave en que se conjugan tres elementos esenciales:
•• La fisiología: las funciones animales del ser humano revelan la necesidad.
•• Lo social: la necesidad de satisfacerse lleva al animal humano a constituirse como un individuo que tiene que interactuar con otros individuos y, por lo tanto, reconocerlos.
•• Lo psicológico: se da una toma de conciencia de los sentimientos y emociones evocados por el reconocimiento del otro y los otros como un paso esencial para lograr la satisfacción.
Esta angustia aparece en el momento en el que pasamos de lo fisiológico a lo social y  lo psicológico. Por supuesto, los dos elementos nombrados por Bion, la repulsión y la atracción, se ven fuertemente movilizadas cuando hay un encuentro entre lo fisiológico, lo social y lo psicológico. Se trata, entonces, de la angustia del movimiento hacia el otro, hacia entrar en  un contacto pleno; de esa angustia detrás de la cual se encuentra una vivencia trágica que podría traducirse de la siguiente manera: “No puedo vivir y crecer sin el otro, y este pasaje por el otro puede ser una fuente de sufrimiento”.
Una de  las maneras de protegernos de la angustia, sobre todo en una situación nueva, consiste en colocar dentro de lo nuevo algo familiar. Así, a menudo podemos escuchar reflexiones de este tipo: “Me recuerdas a tal persona… hablas como fulano… tienes la misma sonrisa de mengano… cuando te miro me siento mal (o bien) porque me recuerdas a… ”
Tenemos la necesidad de tranquilizarnos y de crearnos un medio ambiente que nos recuerde a lo ya conocido. Lo familiar y lo familial(1) se sobreponen muy rápido. Aún si lo familial es conflictivo desde el punto de vista de un ser profundamente angustiado, vale más algo familiar-familial conflictivo pero conocido, que algo extraño o algo desconocido e insostenible. Así, se pone en marcha para el grupo un proceso de proyección. La emocionalidad grupal se busca una salida y comienza, gracias a la proyección que se podía percibir en principio, más como un intento de comunicación que como una resistencia. La emocionalidad grupal retroflectada, presente pero no consciente, o más o menos difusa y, en ocasiones, cerca de la conciencia, se transforma en expresión gracias a la proyección, desde los cuerpos individuales, envueltos en las manifestaciones difusas de la función ello, y a partir del cuerpo grupal que esboza sus primeros pasos, surge un principio de palabra y un intento de crear lo social.
El potencial homeostático que caracteriza a todo organismo viviente está activo en el grupo, y de un modo paradójico. Mientras más peligro se sienta, más mecanismos de adaptación y protección se manifestarán, y en este momento del proceso se trata precisamente de proyección.
(…)Hay que protegerse de la angustia del contacto, pero sucede también que estas mismas proyecciones permiten preparar progresivamente el contacto. Lo paradójico es que pueden tener una función estructuradora dentro y para el proceso de contacto. A partir de ello, el terrible paso de ir hacia el otro en plena conciencia se vuelve posible. Ir hacia el otro, tomar decisiones, hacer elecciones, rechazar, abandonar otra cosa, salir de la confluencia para ubicarse y singularizarse ante el grupo. Aquí tenemos un movimiento que sólo se puede dar a través de los fenómenos de grupo que simultáneamente lo unen y lo protegen del contacto.
• La introyección, reglas implícitas y la función de la personalidad grupal
Sucede que el grupo en algún momento toma su coloración particular, coloración que de hecho puede cambiar según las etapas de la vida del grupo. Los psicosociólogos y los psicoterapeutas hablan de hecho de la “personalidad” de un grupo. Esta coloración o personalidad puede ser, en parte, el resultado de lo que llamamos las reglas implícitas de un grupo.
Existen las reglas explícitas del grupo; aquellas que mencionó el terapeuta al proponer el marco de trabajo
Al lado de estas reglas básicas que conforman el marco, es decir el encuadre dentro del cual se dará la evolución del proceso terapéutico, van a darse, sin que nadie se dé cuenta, las reglas implícitas. El grupo va a comenzar a funcionar a partir de reglas no expresadas pero impuestas por una emocionalidad que se vuelve angustia. Son una creación que ha hecho el grupo para protegerse; se cristalizan aspectos de la “neurosis” grupal alimentada por las “neurosis” individuales reactivadas por el contexto. Estas reglas generalmente son percibidas por los psicólogos y psicoterapeutas como manifestaciones de protección. Son, entonces, mecanismos de defensa en contra del peligro.(…) Sin embargo, en la perspectiva homeostática característica de la Gestalt, son percibidas como creaciones que el grupo necesita para lograr no sólo su supervivencia, sino también su tonalidad, su cohesión y su desarrollo. Se apoyan en una confluencia grupal no expresada que, sin embargo, está inscrita en la emocionalidad grupal. Como toda confluencia, ésta es un mecanismo de doble cara: protege de la novedad, permite nutrir y solidificar el fondo grupal orientándolo hacia la cohesión, una sensación de seguridad y confianza que son elementos indispensables para después poder abordar el miedo a la novedad, la angustia del vacío cuando se da una destrucción de las formas, y la frustración ante este vacío y la pérdida de ilusiones.
Simultáneamente, además, se instala un fenómeno de introyección; a partir de un acuerdo tácito se van a introyectar estas reglas implícitas. Así se va a constituir una cierta personalidad del grupo, una función de personalidad grupal.
• El proceso grupal neurótico como protección para el individuo
Las reglas implícitas son creación que surge de la angustia, que llega de la misma emocionalidad grupal que, a su vez, se desencadena y se nutre a partir del indispensable movimiento hacia el otro para la satisfacción de alguna necesidad. Se podría decir que son la otra orilla en la fase de ponerse en contacto de las manifestaciones de la función ello en el pre-contacto. Se inscriben en una función de personalidad neurótica del grupo. Neurótica, porque estas reglas implícitas son limitantes y defensivas. Se trata, sin embargo, de una neurosis necesaria, de una neurosis pasajera que surge de la neurosis de fondo para ir hacia un “estar aquí” adecuado, para alcanzar este momento de ajuste creativo donde el mecanismo neurótico repetitivo va a disolverse a cambio de una nueva manera de estar con el medio ambiente. De hecho, la neurosis grupal está, por supuesto, constituida por los elementos que llegan de las “neurosis” individuales que entran en sintonía.
Es una especie de regresión, un evento que se cristaliza al nivel colectivo de las Gestalt inconclusas y fijadas, y las interrupciones del ciclo del contacto al que subyacen. Se puede hablar de psicoterapia profunda sólo a partir del momento en que exista esta regresión y se desarrolle hasta el impasse y/o la crisis. Eso supone que el terapeuta esté listo para sostenerla hasta la crisis, y a vivir las tensiones que va a generar en todos los miembros del grupo, incluyéndose a sí mismo.
Esto nos lleva a considerar las manifestaciones de la función ello como el preludio social. Al psicoterapeuta le toca encontrar la actitud justa y permitir que el proceso grupal se desarrolle de tal modo que estas reglas (u otros fenómenos de grupo) puedan desarrollarse, nombrarse y entrar en acción. (…)
Es claro que estas reglas implícitas, aunque necesarias para unir al grupo, tienen como función aportar una ruptura en el ciclo de contacto, esencialmente en la fase de puesta en contacto. Esto se da porque la fase de pleno contacto puede aparecer mucho más amenazante en grupo que en el ámbito individual. Se asocia a menudo con la confrontación y con al expresión de enojo, violencia, rabia. Así, se escuchan a menudo reflexiones como: “Me van a dar en la…”, o también: “De haberlo sabido me hubiera callado”.
• De la desestructuración de las formas introyectivas al ajuste creativo.
El contacto pleno contiene algo de terrorífico, porque en ese momento del proceso cada cual está frente a su “verdad” y a la “verdad” del otro. La verdadera “confrontación” no es la que consiste en hacerle frente a la reacción emocional del otro, sino, más bien, la que consiste en encontrar intensamente esta emoción y esta reacción que nos pertenecen, que emerge del fondo y se revela de una manera clara y evidente por medio del otro, a tal punto que ya no se le puede llevar a un impasse. La verdadera confrontación consiste en el encuentro con el otro a partir de este espacio interior de sombra, a veces de sufrimiento, y de entrar con él en una búsqueda de ajuste creativo, más que en la expresión narcisista o egoísta de un nivel emocional superficial que se traduce a veces en una catarsis espectacular. Se trata verdaderamente de pasar de una emocionalidad grupal al reconocimiento de una emoción personal claramente identificada, y de dejarse sorprender por el descubrimiento de que: “¡Sí! ¡Éste soy yo!”.
(…)
El proceso terapéutico no se detiene aquí, en este surgir de una forma emocional acompañada de su expresión o explosión. Se da en la fase siguiente, donde la persona se vuelve plenamente consciente de su emoción, de su vivencia y del proceso en el cual se está comprometiendo. La forma empieza a estar desestructurada, quebrada, cuando el paciente reconoce que esta emoción le pertenece, que no es “culpa del otro”, y que el otro es sólo el catalizador de lo que está inscrito desde hace mucho en el fondo.
Entonces, uno se revela con su intimidad, y la interiorización y el pudor caracterizan a la intimidad. Ésta no se puede elaborar ni desde una reacción egoísta, ni a partir de la catarsis, y en la terapia Gestalt la trampa es confundir la expresión emocional frente al otro, con el ajuste creativo.
El ajuste creativo se elabora a partir de la interiorización del proceso, del soltarse implícito en meditar sobre el “¡Ajá! ¡Sí! Así soy, y el grupo me permite revelarme a mí mismo y lo honro por ello. El grupo está compuesto de individuos que me molestan en particular y los honro por ello, y ahora ellos y yo podremos mirarnos de otra forma”.
De hecho, el tema del grupo aliado, o de los aliados que uno busca en un grupo en los momentos de crisis, es ambiguo. ¿Por qué vamos a buscar un aliado?
Probablemente, primero para protegernos, es decir para mantenernos dentro de una posición neurótica, más que para encontrar el apoyo necesario para la desestructuración. (…)
La transformación pasa a través de la desestructuración, del rompimiento de las formas, de la reintegración de la energía después de la explosión, de la interiorización consciente y de ese acto de humildad que consiste en reconocer: “Sí, este sí soy yo”. (…)
Las verdaderas elecciones sólo son posibles al término de este movimiento; no pueden aparecer en el desequilibrio que lleva a desestructurar las formas. La función ego, según la definición de Perls, Hefferline y Goodman, sólo aparece cuando se da una desestructuración de las formas, o una desestructuración del “carácter”, según W. Reich, o la disolución del ego según el modelo budista. Según la Gestalt, la función ego nos regresa a este componente particular del self, que nos permite hacer la elección justa, y esta elección justa nos lleva a la desestructuración de las formas neuróticas que nos impiden dar cabida al ajuste creativo y vivir, retomando la expresión de Fritz Perls, esa especie de “mini satori”.
En términos más sencillos, en su componente de función ego, el self se puede manifestar sólo después de la destrucción de los mecanismos repetitivos que constituyen el carácter y su rigidez.
• De la neurosis grupal al individuo que elige
El surgimiento de las reglas implícitas y el descubrimiento de estas reglas ilumina una serie de características grupales que, una vez  y reconocidas, definen una función de personalidad grupal que trabaja subterráneamente en el fondo grupal. En algún momento durante el proceso se pueden decir, por ejemplo, palabras como las siguientes: “Somos un grupo que está instalando un sistema para proteger a uno de sus miembros… Somos un grupo que actúa la sexualidad pero evita verbalizarla… Somos un grupo que desvía su agresividad hacia tal persona o a través de tal comportamiento…”
En la teoría del self, la función personalidad se presenta como una de las tres funciones del self; es uno de los “estados mayores del ajuste creativo”. “Es la figura creada en la cual se convierte el self, asimilándola al organismo y uniéndola con los resultados anteriores…” (P.H.G.)
Se ve cómo los “conceptos erróneos” que definen al grupo bloquean la función ego, y por ello se pierde la capacidad de elegir. La función ego sólo puede activarse cuando la “neurosis grupal” se ve desenmascarada, nombrada y reconocida. (…)
Así, a este nivel, los fenómenos de grupo aparecen ya no tanto con el aspecto de vínculo anteriormente mencionado, sino como un intento de definición grupal. (…)
Al mismo tiempo que la función ego grupal se manifiesta, es la función ego de cada individuo la que se expresa. Se moviliza a partir del momento en que los individuos expresan claramente su deseo de hablar o no hablar. El self se desarrolla de una manera más específica a través de esta modalidad.
Así, la regla implícita se suprime, la resistencia cae y, con ella, los mecanismos de interrupción del ciclo de contacto anteriormente nombrado: retroflexión-introyecto-confluencia-proyección. La función ego se vuelve a encontrar, dando una nueva definición a cada individuo y, en consecuencia, una nueva definición a la función personalidad grupal.
El proceso podría resumirse de la siguiente manera:
•• Existen en el grupo silencios en relación con la vida afectiva y sexual entre los individuos.
•• La angustia generada por la idea de restituir al grupo estos elementos, lleva a la deflexión y a unas reglas implícitas; no se habla de nuestra sexualidad durante los tiempos oficiales del grupo, sólo se permiten algunas “escapadas” cuando no son peligrosas, fuera del trabajo.
•• La función ello y la función personalidad del grupo circulan de una a otra y se nutren mutuamente impidiendo el surgimiento de la función ego. Se crea así lo que podríamos llamar la neurosis grupal.
•• Los individuos toman consciencia de estos fenómenos de grupo. En esta fase es indispensable el reflejo del terapeuta, de la misma manera en que una actitud y un silencio de su parte pueden favorecer la intensificación de la angustia y del malestar hasta que lleguen a un clímax que perturbe la historia grupal.
•• La movilización de la función ego. Pasamos de un “se habla a pesar de mí, a un “hablo por elección”, así como un “se relaciona impulsivamente a pesar de mí” a un “emito conscientemente un acto claro o una palabra precisa dirigida hacia un interlocutor preciso”.
A partir de ello nace a veces una manera espontánea, una novedad y una búsqueda de ajuste que no implica sumisión, resignación, inconsciencia o negación, sino un ajuste en la responsabilidad: un ajuste libre.

(1) Familial.- Se optó por dejar este vocablo francés por tratarse de un juego de palabras intraducible. Se trata de ”aquello que se refiere a la familia” por oposición (en este texto) a  “Familiar”: “aquello a lo que una persona está acostumbrado o que le es bien conocido”. (Nota del Corrector de estilo).

(*) Jean-Marie Delacroix es psicólogo clínico, co-director del Instituto de Terapia Gestalt de Grenoble y de Instituto Francés de Terapia Gestalt.

(**) Artículo Publicado en la revista Figura / Fondo, Vol. 4, N° 1, Primavera 2000.

Traducción de Guy Pierre Tur.