lainseguridadEl comentario hace figura “la ciudad está cada día más peligrosa”, la ciudad late miedo. Asaltos, secuestros, choques, ambulancias que ensordecen… La noche porteña es oscura. El miedo convive en cada ciudadano en un abanico de grados y colores. Mientras tanto, existe un sector de población básicamente nocturno…los adolescentes y otros tantos un poco mayores inician sus circuitos porteños cuando marcan las dos de la mañana y hasta no menos de las siete en el mejor de los casos… ¡Qué ironía!

Mientras flota en el aire un mensaje de peligro, ellos se zambullen en la noche y, básicamente, buscan divertirse.

¿Qué extraño mecanismo ofrece la posibilidad de relajación y alegría en un supuesto paisaje amenazador?
Paralelamente cada vez más jóvenes acceden a la cerveza y al vodka u otras tantas formas de “relajación”. El aroma de la noche ofrece marihuana en al menos, unas cuantas esquinas, plazas y se concentra en recitales y boliches, aparecen como alternativas para encarar un mundo peligroso; ó simplemente como herramientas para minimizar el miedo y acrecentar las posibilidades de diversión invitando a lanzarse a un tobogán de adrenalina.

Con este panorama la ciudad es todavía más peligrosa, ya que el instinto de conservación y cuidado, ese olfato que las personas tenemos y que nos indica por dónde seguir, se adormece lentamente….se produce una disociación –en estos términos– inevitable.

Mientras tanto los padres intentan preservar a sus hijos y a ellos mismos, implementando distintas estrategias.

Algunos prohíben terminantemente que sus hijos se asomen a un mundo peligroso y hostil, les marcan lo que ellos consideran “el enemigo”, señalándolo con el dedo y en lo posible con nombre y apellido. La vida se convierte en un sector, que hasta puede reducirse poco a poco…

Otros padres intentan no ser autoritarios como lo han sido las generaciones precedentes con ellos mismos, y entonces promueven la libertad como forma de expresión y desarrollo personal. Pero el mundo sigue siendo hostil, la alternativa de mirar para otro lado es ineficaz….entonces ocurre la evitación.

Los primeros, salen al mundo inexpertos y vulnerables, algunos a través de la mentira, ó ni siquiera lo hacen.

Los segundos también evitan como lo hacen sus padres, pero en esta instancia, a ellos mismos.
Debe existir alguna otra manera, otra forma más calida y eficaz, que no deje al adolescente solo de protección y cuidado y no lo separe del mundo al que pertenece, que no lo deje solo de sí mismo y su sentir.

Como terapeutas de niños y adolescentes hemos acompañado numerosos casos en donde estos mecanismos se repiten una y otra vez. La situación exige e invita a un examen de conciencia, a revisar nuestro sentir y a hacernos responsables de aquello que elegimos ser.

Ser padres y terapeutas de adolescentes invita a conectarnos y acompañarlos a ellos mismos con la conciencia del cuidado personal, el cuidado del cuerpo, el registro de sus emociones y preferencias, la valoración por la vida y el cariño hacia sí mismos y hacia sus pares entre otras cosas.

El respeto por su sentir y pensamiento dará el espacio para el respeto hacia sus amigos.

Tarea ardua y difícil si no encuentran en sus hogares, adultos capaces de pregonar esta tarea y aplicarla en sus propias vidas.

El acompañamiento es siempre amoroso, y se establece en las generaciones precedentes.
Exige límites claros y precisos.

Cuando aparecen baches y grietas en ese origen, inevitablemente repercute en quienes prosiguen.
Cuando ocurren tragedias lamentables y dolorosas como la sucedida el pasado 30 de diciembre de 2004 en el recital de “Callejeros”, en el boliche Cromañon, las personas tratan de encontrar culpables que minimicen su dolor, mayormente expresado en bronca y enfado.

Casi 200 personas murieron ese día, aplastadas y asfixiadas….Las que se salvaron lo pudieron hacer por distintos motivos: por estar cerca de la puerta en su mayoría. Muchos no llegaron a entrar siguiendo su instinto… “Esto está feo, mejor nos quedamos acá atrás”, fue el comentario de dos jovencitas que salvaron sus vidas.

Todos tenemos que asumir nuestras responsabilidades, los que estuvieron allí, y los que no.
Desde nuestras casas y nuestras profesiones ayudemos, acompañemos e invitemos a los más jóvenes a que copien nuestro actuar.

Abrochemos nuestros cinturones, apaguemos nuestros cigarrillos, estacionemos donde es debido, seamos más buenos con nosotros y con los demás, coherentes con el decir y el accionar.

Aprendamos y enseñémosles como cuidarse, es el camino.

Lic. Adela Lalín y Lic. Inés Devoto

Bibliografía
– Silvia Duschatzky Cristina Correa (2002), Chicos en Banda, Ed. Paidós, Bs.As.
– María del Valle Mosto (1999), Déjame ser… adolescente, Ed.Nuevo Extremo, Bs.As.