padresFrecuentemente conductas infantiles que se consideran disfuncionales, en realidad son, en mayor o menor grado, una respuesta adaptativa a situaciones familiares difíciles. Durante mucho tiempo se ha considerado a estas conductas como muestra irrefutable de sucesos cuyo origen estaba en el mundo interno del niño y no evaluaron la posibilidad que fueran una respuesta al entorno. Las exigencias de perfección, logros y éxitos; las expectativas sociales, el deber ser, disocian al ser humano de su propia naturaleza que así se habitúa a pasar por encima de sus sentimientos deseos y emociones. El efecto de estas conductas en el seno de la familia es inmediato, especialmente en sus miembros más jóvenes y por ello mismo más vulnerables.

Padres, adultos significativos y contexto sociocultural proveen al niño de diversos tipos de información con los que construye su sistema de creencias que emplea para entender y dar sentido al mundo en que vive a la vez que modela su conducta.

Compartir creencias y valores permite el desarrollo de profundos sentimientos de intimidad, estabilidad y continuidad en el grupo familiar. En este proceso de construcción el niño recibe la información de diferentes maneras: palabras, silencios, gestos, timbre de voz, miradas, contactos físicos, etc. Acepta aquello que los adultos le transmiten acerca de sí mismo y estas creencias, positivas o limitativas continúan a lo largo de su infancia y de su vida adulta muchas veces sin ser modificadas.

Pese a que la impronta de las creencias no tiene el mismo grado de transmisión genética como, por ejemplo el color de ojos o la manera de caminar, sin embargo igualmente resulta difícil transformarlas.

Modificarlas significa para el niño un cambio profundo en la organización de la información recibida sobre todo a través de sus padres y dado que compartir creencias da un marco de intimidad, perderlas o cambiarlas le resultaría intolerable y desleal.

El desenvolvimiento de las potencialidades de un niño se contextualiza dentro del marco de la aprobación parental y social. Por las características de su desarrollo evolutivo el niño vive en confluencia con su ambiente a la vez que está en proceso la definición de sus propios límites. Por esto es que necesita la aprobación para crecer saludablemente, encontrar una adecuada auto expresión y recibir el soporte para crecer de acuerdo a su naturaleza.

La aprobación le permite ser reconocido como otro con sus propios deseos, sentimientos y criterios diferentes. Cuando esto no ocurre experimenta miedo, a ser burlado, criticado, menoscabado, no querido y por lo tanto marginado. Corre el riesgo de convertirse en un imitador y confundir el deseo del otro con su propio deseo. De esta manera se inicia la rueda de violencia cotidiana que a veces se ejerce sin intención deliberada, pero que colabora en la construcción de un primer nivel habitual de violencia que pasa a ser natural y por lo tanto invisible. Dado que esta violencia naturalizada e invisible no es reconocida como tal no la leemos en los diarios ni la vemos en televisión. Por ejemplo, adultos emocionalmente ausentes, parejas que involucran a sus hijos en sus rencillas cotidianas, adultos con creencias estereotipadas o rígidas, niños que son descalificados a través de la recepción de comentarios negativos acerca de ellos mismos o que no tienen permiso para expresar sus verdaderos sentimientos por temor a que no los quieran o los rechacen.

Tomemos como ejemplo el caso de un niño que se apropia de dinero u objetos que no le pertenecen. Puede suceder en la casa o en la escuela. Indagando las creencias de la familia acerca del robo, la honestidad, la mentira, la vergüenza con frecuencia suelen surgir historias familiares relacionadas con el motivo de consulta, como por ejemplo, ingresos económicos de origen dudoso, estafas emocionales entre los cónyuges, mentiras que el niño percibe y constata, pero que comunica y denuncia a través de su sintomatología. Los niños viven estas situaciones de manera ambigua, están convencidos que ellos son los malos que imaginan cosas y por esto mismo se avergüenzan, temen y callan.
Por otra parte el niño circula en su mundo, sale a la calle, va a la escuela, conoce a otros niños, otras familias. Estas vivencias también contribuyen a que vaya armando su propio perfil, llevando a su hogar las experiencias vividas “extramuros familiares” que pueden ser aceptadas e incluidas en el enriquecimiento familiar.

O, por el contrario, ser rechazadas por temor a aquello que se presupone diferente, por dificultades emocionales de los adultos, escaso contacto social, pérdida de la familia extendida, etc…
La migración, el aumento considerable de las horas de trabajo, las distancias geográficas, alta tasa de desempleo han influido en la pérdida de los espacios naturales de encuentro e intercambio de la familia, donde los padres tienen la posibilidad de alternar con adultos afines y comparar experiencias de crianza de los hijos.
La gestión de grupos de padres que permiten recrear los espacios perdidos es una de las tareas que el Departamento de Niñez, Adolescencia y Familia se ha propuesto como uno de sus objetivos. Estos grupos promueven la tranquilizadora sensación de no estar solo, ayuda a desarrollar la seguridad parental y son naturales modificadores de creencias a partir de la experiencia grupal compartida.

En síntesis
• Muchas de las conductas infantiles que se consideran disfuncionales son respuestas adaptativas a su entorno.
• Constituye su manera de comunicar y denunciar qué ocurre a su alrededor
• Compartir creencias, positivas o limitativas, desarrolla sentimientos de intimidad y pertenencia en el grupo familiar.
• Los padres han perdido sus espacios naturales de encuentro.
• La creación de grupos de padres para encuentro e intercambio constituye un primer nivel de prevención primaria.

Bibliografía
-Grosman-Mesterman (1992) Maltrato al menor Editorial Universidad, Bs. As.
-Saforcada, Enrique (1999) Psicología Comunitaria Editorial Proa XXI, Bs.As.
-Schatzman, Morton (1979) El Asesinato del Alma Siglo Veintiuno Editores, México.