ser-hombreUna experiencia facilitadora e integradora en tiempos difíciles

En un fin de siglo cargado de exigencias, los hombres – incapaces de percatarse de su dolor, entrenados para negarlo- consultan cuando su cuerpo se rompe y su espíritu está deshilachado. Esta es, también, la historia de mi condición masculina. En 1990, al morir mi padre, viejo y querido Conocido desconocido, me di cuenta de lo poco que sabía de él, de sus sentimientos, dolores y necesidades. Me percaté de mi propia soledad y de la dificultad para compartir entre hombres mis sentimientos profundos. De algún modo, había aprendido que con los varones se compite, se los ignora o se les omite lo vergonzante. El sostén emocional no provenía de mis congéneres, desconfiaba de ellos. Comencé a cuestionarme esta actitud y casi sin proponérmelo, confluyeron mi interés en el tema y mi experiencia como terapeuta grupal.

Siempre me habían interesado la fenomenología y la psicología humanista y para ese entonces, había encontrado en el enfoque gestáltico el marco conceptual y actitudinal que me permite desarrollar con libertad mi modo particular de ser en el mundo. Así, con plena conciencia de cuanto lastiman el aislamiento y la disociación, convoqué a otros hombres. Es de esta experiencia de lo que hablaré a continuación: una modalidad de trabajo -el enfoque gestáltico aplicado a la coordinación de pequeños grupos- y una tarea específica- la revisión de la condición masculina.
Prevención primaria y algo más
El ritual del encuentro se reitera cada semana y en la tarea están incluidas técnicas supresivas, expresivas y de integración; ejercicios, experimentos, viajes, campamentos, cumpleaños y desocupaciones. A menudo, el relato de la vivencia individual de ser varón dispara la experiencia de los otros y la multiplica; cada uno se refiere a sí mismo y al pintar su aldea, se torna universal. Al revisar el vínculo con el padre, todos los padres poseen algo del propio, de modo tal que lo singular y lo compartido se convierten en una frontera móvil. La visión de lo diverso enriquece y alivia; viejos fantasmas, al corporizarse, se despiden. La relación con las mujeres, la paternidad y la sexualidad junto con la violencia, el dinero y el poder, son temas recurrentes que se encaran integrando vivencias e ideas. Esta modalidad le permite a los participantes reconocer sus sensaciones, sentimientos, necesidades y valores. La actividad se implementa en función de la situación y no de un temario prefijado. En cada reunión, del entretejido de la trama grupal, surge un tema que se convierte en figura. No es este un espacio de certezas, es el camino compartido lo que nuclea y las respuestas son, en el mejor de los casos, una pregunta renovada ¿Los hombres nacen o se hacen?, ¿Soy como necesito o como me demandan?, ¿Qué rescato de mi condición de varón?
Este abordaje, si bien no se corresponde con un grupo terapéutico propiamente dicho, excede lo que comúnmente se en-tiende por prevención primaria. En algunas ocasiones la empatía entre los participantes favorece la aparición de situaciones personales do-lorosas, bloqueadas por años. En-tonces, con sumo cuidado y teniendo en cuenta las características de personalidad del participante, lo acompaño en el percatarse de sus contenidos de consciencia. Al mismo tiempo, mi intervención apunta a favorecer la expresión de los demás integrantes en relación con su propia experiencia, evitando así que una sola persona sea protagonista excluyente de la tarea.
En lo personal, estoy especialmente interesado en los procesos grupales. Considero que la permanencia en el tiempo, la explicitación de los contenidos emocionales y la consideración de las cuestiones de liderazgo y poder, facilitan la cohesión y permiten que un grupo alcance niveles más complejos de organización. Reunión tras reunión, se va generando un sentimiento de confianza y camaradería que funciona como red de contención para los miembros. La red actúa como sostén afectivo y efectivo en situaciones de crisis y esto, más aún tratándose de varones, resulta preventivo y terapéutico a la vez.

¿Quién coordina hoy?

En el comienzo del proceso utilizo preponderantemente técnicas supresivas; debeísmos, acerca deísmos y manipulaciones varias son denunciados y elaborados con el propósito de alentar una comunicación auténtica entre los miembros. Poco a poco el grupo va elaborando sus propias pautas de convivencia y sus relaciones de poder. En general, al cabo de un tiempo, la dinámica del proceso hace necesaria la implementación de ajustes creativos. Para ejemplificar, describiré parte de mi experiencia con un grupo de varones: Habiendo transcurrido dos años de trabajo, percibí claros indicios de que algo había cambiado. Estos hombres, con bastante trabajo personal y grupal en sus alforjas, comenzaron a tener sus propias ideas acerca de que hacer y como lograrlo. En primera instancia, lo visible fue la resistencia de alguno de ellos frente a las consignas o propuestas que yo efectuaba. No siempre se trataba de la misma persona aunque casi invariablemente alguien presentaba obstáculos a la tarea. En ese momento vislumbré tres opciones:

1. Cerrar el grupo, alegando que al convocar, mi interés había sido trabajar desde el consenso sin imposiciones de ningún tipo.

2. Luchar para controlar a un grupo que había alcanzado un interesante grado de cohesión. Esta opción implicaba entablar una batalla por el poder, donde gran parte de la energía disponible quedaría bloqueada. Para conseguir el objetivo debía reforzar y acentuar un estilo directivo, e inevitablemente dejaba de actuar como catalizador de procesos fenomenológicos para convertirme en el líder de la resistencia al cambio.

3. La opción que elegí: tomar este punto de inflexión como una oportunidad para el aprendizaje encauzando el proceso en una nueva forma.
Consideré que en las situaciones resistenciales estaban incluidos los aspectos más creativos y saludables de las personas que componían el grupo y hallé un modo en que estos contenidos pudiesen plasmarse. Para tal fin, propuse realizar una serie de coordinaciones rotativas y obtuve consenso. La experiencia se desarrolló sobre la base del acuerdo en algunos puntos básicos:

Establecimos un orden para las coordinaciones y cada uno de los integrantes tuvo la oportunidad de darse cuenta como elegía su lugar. (La distribución tuvo una alta correlación con el monto de ansiedad que produjo el protagonismo de la situación).
Al coordinar dispusieron de libertad para proponer un tema, consultar con los compañeros, fluir con el grupo o inventar un ejercicio, haciéndose responsables de su elección y de sus acciones. El eje central fue la revisión de la condición masculina y mi intervención consistió en facilitar que los hombres hallaran el estilo o modalidad en que se sintiesen cómodos para encarar el desafío. En los días previos, quienes lo deseaban supervisaban conmigo su propuesta.
Con fines didácticos utilizamos una cámara fija de video para registrar la dinámica grupal.
Cada vez que alguien del grupo coordinaba yo permanecía en una habitación cercana, disponible en caso de que se suscitara una crisis. Al final de la jornada, ingresaba retornando la coordinación para constatar el estado emocional del grupo e inducirles a percatarse de sus actitudes y sentimientos.
A cada encuentro conducido por un participante le sucedía uno coordinado por mí, en el que conceptualizábamos y elaborábamos lo sucedido, evaluando los costos y beneficios de cada modalidad. En esta instancia enfaticé y promoví el respeto y la aceptación del propio estilo y el del compañero; este espacio constituyó un importante reaseguro mientras duró la tarea.

Al concluir la experiencia, los hombres habían tomado consciencia del modo en que se conducen habitualmente y percibido la diferencia entre lo que creían que podían hacer y lo que en realidad hacían. Las fantasías catastróficas y anastróficas fueron confrontadas a través del diálogo. El hecho de coordinar y ser coordinado por pares fue muy auspicioso y permitió redefinir el contexto grupal; se incrementó la participación activa de los miembros sobre la base de relaciones comprometidas y honestas. En lo que me concierne, no pude menos que revisar el estilo de coordinación y la relación con el poder en mi trabajo con los grupos. Este hecho facilitó mi tarea y sirvió de base para las siguientes reflexiones.

Grupos, un modelo para armar

Una de las nociones básicas del enfoque gestáltico es considerar al organismo en una relación tal con su ambiente, que ambos conforman una unidad interdependiente. Los pequeños grupos aparecen como una instancia intermedia entre el individuo y la estructura social más amplia. Ofrecen la posibilidad de acometer empresas de distinto calibre y al mismo tiempo explorar los procesos individuales, las relaciones interpersonales y la dinámica grupal como un todo organizado y en movimiento.
Tal como dice Joseph Zinker, se puede ver al grupo como “comunidad de aprendizaje” y “comunidad creatíva”. En su libro “El proceso creativo en la Terapia Gestáltica”, Zinker sostiene que “en el nivel de los procesos grupales, el contacto se experimenta como sensación de ser cada uno único, como sensación de las diferencias que hay entre cada miembro del grupo y también de las similitudes. Es una experiencia de generalidad, de comunidad, a la vez que de individualidad”.
Cuando predominan las acciones cooperativas -como sucedió en el grupo de referencia- las personas se asisten entre sí, lo diverso se integra y la solidaridad está presente; el crecimiento de cada uno de los miembros es percibido como un logro grupal. Cito el testimonio de un participante “Encontré en mi grupo de hombres otra vez el espacio para cuidarme, para respaldarme, lamer mis heridas lamiendo las de mis pares, crecer, reflexionar, sentir y volver a intentar. Creo que allí fue cuando mi grupo se convirtió en refugio, cuando mis compañeros en red. La red que tejimos es una forma distinta y profunda de amistad. Esta red resultó de entretejer miles de palmadas, abrazos, comentarios, risas, relatos, lágrimas y silencios. Todos dirigidos con respeto, afecto y solidaridad, sabiendo que el dolor o la alegría de un compañero era también el dolor o la alegría de aquel de hombre ancestral que habita en todos y que por lo tanto también era el mío” .
Para que un grupo pueda alcanzar este propósito, tanto sus integrantes como el coordinador recrean ciertas funciones. Al respecto Gary Yontef señala: “El terapeuta tiene la responsabilidad de observar, reconocer y respetar las necesidades de todos los individuos y del grupo como un todo… el grupo debe aprender a enfrentar la frustración, siendo respetuosos de los límites, diferencias y autonomía”. Me parece importante remarcar que cuanto más consciente esté el coordinador–terapeuta de sus posibilidades y estilo de liderazgo, mejor comprenderá al grupo; pues este se va a configurar y estructurar de acuerdo a la relación que el coordinador establece con él. Utilizo aquí las denominaciones “coordinador” y “terapeuta” indistintamente; sin embargo, no todos los grupos son terapéuticos ni todos los coordinadores son terapeutas. Creo que corresponde a la consciencia y responsabilidad de cada coordinador, terapeuta o no, evaluar los medios de que dispone; y en función de ello elegir el nivel de profundidad de sus intervenciones.
Si el coordinador actúa básicamente como facilitador de procesos fenomenológicos están dadas las condiciones para alentar la autonomía. En el devenir de la tarea se genera un progresivo pasaje desde la preponderancia del apoyo ambiental, representado por el terapeuta, hacia la autorregulación. De este modo el grupo moviliza sus propios recursos para obtener la satisfacción de sus necesidades; los integrantes ejercen roles funcionales y las relaciones tienden a la simetría.
Ahora bien, el hecho de que los participantes del grupo de referencia hayan realizado la experiencia vivencial de coordinar en un contexto de aprendizaje, resultó un procedimiento enriquecedor para el proceso. Al finalizar, los hombres conocían “algo”de la dinámica grupal y lo suficiente acerca de sí mismos y de sus compañeros como para intervenir en un nivel saludable para todos.
En esta situación el terapeuta / coordinador puede actuar como consultor externo o simplemente alejarse, pues culminó su tarea. Es el comienzo de una nueva configuración; por ejemplo un grupo de autogestión.
Con esta modalidad de abordaje, los participantes recrean su capacidad de adaptación creativa en situaciones de cambio permanente. Durante el peregrinaje, los integrantes del grupo y el coordinador se transforman, y al mismo tiempo que cada uno profundiza en lo que es, despliega frente a otros un poco más de su sí mismo genuino.
Aunque prácticamente casi cualquier tema puede ser encarado desde aquí, es con los grupos de varones donde he profundizado el carácter preventivo-terapéutico de la propuesta.

Los hombres, prójimos próximos:

En la permanente interacción organismo/ ambiente el ser humano trata de satisfacer sus necesidades biológicas, psicológicas y socioemocionales mientras el medio le demanda el desempeño de roles y funciones para sobrevivir y perpetuarse. Allí donde un grupo social tiene como estrategia de supervivencia la confrontación, las funciones “sugeridas” para el varón son: fecundar, mantener y proteger. Cumplir con estos mandatos muchas veces significa competir arduamente, obligarse y obligar a otros, morir en el campo de batalla y ser el último en abandonar el barco. Actualmente, tanto el ideal masculino como el femenino han sufrido grandes modificaciones y la crisis parece ser particularmente intensa en el caso de los varones. Como ya he señalado, solo cuando la situación es insoportable el varón pide ayuda. Para muchos la condición masculina es fuente de dolor y frustración; no son tantos los que perciben su masculinidad como un placentero encuentro con la firmeza, la potencia y la capacidad creadora del hombre maduro. Pareciera existir una cierta desorientación, una dificultad en la capacidad de discriminar y atender las señales del organismo hasta el extremo de constituirse en perfectos candidatos para el estrés, el infarto, los accidentes cerebrovasculares e innumerables conductas de riesgo destinadas a probar una supuesta valentía. No existen casi, en nuestra cultura, rituales que demarquen el tránsito hacia la responsabilidad adulta. Demasiados padres están física y emocionalmente distantes de sus hijos durante la crianza y cuando perciben que estos han crecido e intentan acercarse, cada uno percibe al otro como a un extraño. Así, los varones suelen separarse de su padre sin haberse encontrado antes con él. Llegan a la adultez cronológica aislados, buscando en la noche el horizonte perdido.
Es en este contexto que el trabajo grupal adquiere relevancia. Los cambios en el ambiente se suceden con mayor rapidez que la habilidad para responder de organismos sobreadaptados, prisioneros de conductas rígidas y roles estereotipados. El intercambio con pares en un clima de cooperación posibilita a los hombres confrontar ideas y acciones, probar conductas y superar el aislamiento emocional; al tomar contacto con las propias necesidades disminuye el riesgo de quedar sujetos a regulaciones externas. La red solidaria que se construye es un soporte propicio para que, además del sufrimiento, puedan acceder al dolor y reparar nuevas y antiguas heridas.
Cada vez que me detengo a observar el proceso me resulta evidente que lo preventivo-terapéutico no depende en esencia de las técnicas utilizadas, sino de la actitud, de la calidad del vínculo entre las personas y de sus posibilidades de movimiento y de acción.
Cuando es preciso ser hombre, el reencuentro con los componentes profundos de la masculinidad y con las energías instintivas que los sustentan adquiere importancia vital. De acuerdo a mi experiencia, es el grupo de pares, facilitador por excelencia de experiencias integradoras y de buen contacto, el ámbito adecuado para el logro de este objetivo.